Pontianak

by - febrero 02, 2018

Muchos malayos se niegan a colgar la colada fuera de casa de noche para evitar que cierto tipo de vampiresa que descansa de día en un platanero pueda localizarlos por el olor de la ropa y les dé una terrible muerte destripándolos con sus uñas afiladas. O que les saque los ojos en cuanto se sienta amenazada por su mirada.

En la mitología malasia e indonesia, pontianak es el fantasma de una mujer que murió embarazada, un alma en pena que busca venganza y que solo se transforma en una bella mujer y esposa ejemplar si se le clava una uña en la nuca (como sabemos, estas leyendas nunca jamás participan de la misoginia de las sociedades que las crean).


Llegamos a Pontianak de paso y salimos de allí con la esperanza de volver con más, mucho, muchísimo más tiempo. Pontianak, la ciudad dividida en tres partes por un anchísimo río (uno de los brazos del inmenso delta del Kapuas), levantada nada menos que sobre la línea imaginaria que divide dos hemisferios, era una guarida de fantasmas hasta que Syarif Abdurrahman Alkradie, luego el primer sultán de la ciudad, los echó disparando balas de cañón. Donde cayó una de las balas, el sultán construyó la mezquita.

Lo básico

Los siguientes datos sobre los precios en rupias indonesias (IDR) y el cambio a euros son solo una pequeña orientación. Fueron exactos, sí, una vez, pero solo en la fecha que indicamos. Hay que tener en cuenta que los precios en Indonesia suelen subir deprisa y que la inflación es alta. Todos son para dos personas (y el alojamiento, en habitación doble con baño privado) a no ser que indiquemos lo contrario.

Fecha: del 25 al 26 de julio de 2017.
Llegada (desde el aeropuerto): taxi - 130000 IDR (7,78 €).
Salida (hasta el aeropuerto): Uber - 106500 IDR (6,37 €).
Alojamiento: Hotel Grand Kartika - 241176 IDR (14,44 €).
Monumentos: Tugu Khatulistiwa (gratis y con diploma de regalo).
Comida: A Hin Chai Kue Panas Siam - 50000 IDR (2,99 €).
Ferry para cruzar el Kapuas: 2500 IDR por persona (0,15 €).
Opelet: 5000 IDR (0,30 €) por persona y trayecto.

Lo mejor: Una ciudad amable justo en el ecuador, con una cocina fantástica y gente estupendérrima.
Lo peor: El taxi desde el aeropuerto que opera en régimen de monopolio y es caro para los estándares locales.

La llegada

Elegimos Pontianak como forma de salir de Borneo y de Indonesia en lugar de Semarang por cinco razones. La primera era la hora de los vuelos, que salían mucho más tarde. La segunda era el precio: costaba menos ir de Pangkalan Bun a Pontianak y luego a Kuala Lumpur que retroceder hasta Semarang y volar de ahí a la capital de Malasia. La tercera era evitar la repetición y, dada nuestra experiencia en Semarang, no fue del todo mala idea pasarla por alto como puerta de salida. La cuarta razón era estética: siempre hacia el noroeste y sin dejar Borneo hasta cruzar la frontera, sin retrocesos ni extraños. Finalmente, queríamos pisar el ecuador y esta ciudad, puerta de entrada a los decadentes placeres de Singkawan –eso dicen–, nos daría todo eso y algo más.

Llegamos a Pontianak en un vuelo de Wings Air procedente de Pangkalan Bun que, como todos los vuelos de Wings Air, se retrasó lo suficiente para dejarnos solo unas cuantas cosas que hacer en la ciudad. Al aterrizar en el avión de hélice que amenazaba con locas multas a quien se atreviera tan solo a mirar sus aparatos electrónicos, nos percatamos de que, como sabíamos, Uber no estaba disponible en la zona y nos tocó acudir a lo que Lonely Planet llama el cartel del taxi local y pagar 130000 IDR (7,78 €) por la carrera hasta nuestro hotel.

Alojamiento para un presupuesto ajustado

Una habitación para dos personas por menos de 15 € con desayuno con vistas al río incluido en una ciudad un poco remota de Kalimantan (el Borneo indonesio) parecía algo cuanto menos razonable, pero la localización y, sobre todo, la amabilidad del personal del Hotel Grand Kartika hicieron que no nos hubiera importado incluso pagar algo más. Al hacer el registro, si el alojamiento incluye desayuno, el hotel proporciona un cupón que deberá entregarse en el restaurante con vistas al río Kapuas a la mañana siguiente. La habitación y las instalaciones eran fabulosas si las comparábamos con las de Pangkalan Bun y las de Semarang. El desayuno era un bufé de comida occidental e indonesia, no demasiado sabroso, pero las vistas y el ambiente (nos encontramos con una boda y una especie de concurso del que solo entendimos los números que leía el maestro de ceremonias que valen por sí solos el viaje) casi cambiaban el gusto del bakso (sopa) y de la pasta.

Monumentos

Como no teníamos mucho tiempo, nos decantamos por el Tugu Khatulistiwa (Museo del Monumento del ecuador). Un imperdible, más por las vistas del río al cruzar, por el ambiente y por el diploma (sí, hay diploma), que por el edificio en sí. Este monumento, situado algo más de cien metros al sur de la línea imaginaria (Borneo se mueve, como no podía ser de otro modo, y no menos en el Cinturón de Fuego del Pacífico), es lo que visitamos y lo que suponemos que hay que visitar antes de dejar Pontianak.


Para llegar, salimos del Grand Kartika pasada la hora de almorzar, cogimos el ferry (2500 IDR, o 0,15 €) para cruzar el río y, después de una calle que sigue en el mismo sentido de la salida del ferry,  nos dispusimos a tomar un opelet (furgoneta de uso compartido que hace las veces de autobús o de taxi) hacia el oeste.

El conductor no hablaba inglés aunque acordamos mal que bien el precio en indonesio. Lo cierto es que ya no nos quedaban muchas rupias y salíamos al día siguiente hacia Malasia. Después del ferry de ida, teníamos 30000 IDR (1,80 €, viviendo al límite y lo sabemos) para ir y volver los dos y coger el ferry de vuelta, lo que no nos daba mucho margen. En la guía habíamos leído que el precio justo de un opelet era de 3000 IDR (0,18 €). Estábamos dispuestos a pagar 5000 IDR (0,3 €) y el conductor nos pedía el primer precio, así que subimos encantados. Tras tres kilómetros a una velocidad de infarto hacia el noroeste por Jalan Khatulistiwa, llegamos al monumento. Le di mis 10000 IDR esperando las 4000 IDR de vuelta, y el señor se contrarió, y mucho. Decía que habíamos acordado 30000 IDR.




Y claro, a otra cosa puede que sí, pero a testarudos no nos gana nadie. Un minuto con el billete en la mano y, como nadie se movía, el conductor arrancó el opelet haciendo un extraño y dio la vuelta. Dejamos que lo hiciera y, viendo que no reaccionábamos, nos paró al otro lado de la calle y nos dijo de forma brusca que nos bajáramos. La carrera nos había costado 5000 IDR (lo que luego se demostraría algo así como un precio justo para turistas) y nadie había resultado herido. Cruzar Jalan Khatulistiwa sí que tenía peligro, aunque no para las criaturas con nervios de acero en las que nos habíamos convertido.


El monumento es muy simpático y explica, a través de un pequeño museo educativo, el movimiento de rotación y de traslación de la Tierra. También se puede observar el paso de la luz del sol por la línea del ecuador, hacer unas cuantas fotos divertidas y, claro, conseguir un solemne diploma que ahora atesoramos como si fuera el título de propiedad de los anillos de Saturno.

Después de verlo, nos acercamos al río a ver el río pasar (hay un pequeño paseo) y a pensar cómo volvíamos y en si el conductor airado habría avisado a medio Pontianak de lo difícil que es ganar dinero a nuestra costa. Es interesante la cantidad de militares de uniforme que nos encontrábamos. Sin embargo, al volver a cruzar la carretera para buscar un transporte en sentido inverso, rápidamente apareció otro opelet que nos llevó de vuelta al punto de partida. Por 5000 IDR. Y sin regatear. Nada más que decir, señoría.


La vuelta a la orilla sur del Kapuas fue como la ida, pero con una intensa música de karaoke que acompañaba el avance del ferry, mucho más lento con el karaoke, hasta la orilla correcta.


La tarde

A partir de ese momento, teníamos una misión: buscar algo para comer. Pontianak destaca bien destacada por su gastronomía y por la gran cantidad de población china, combinación, para nosotros, ganadora. Antes de cenar, la tarde dio para un paseo hasta el templo budista Vihara Bodhisatva Karaniya Metta, que nos encontramos cerrado en medio de un barrio de mercados y polígonos a la orilla del Kapuas. Había que cenar, de manera que sacamos dinero para nuestra última noche en Indonesia. Y para las provisiones (hablaremos largo y tendido sobre los cacahuetes Menglembu) por lo que pudiera pasar.


El paseo hasta A Hin Chai Kue Panas Siam (queríamos ir a tiro hecho a por unas empanadillas que estábamos seguros que serían la versión china de todo lo que nos comimos en Vietnam aunque en el fondo fuera justo al contrario) nos hizo pasar por calles curiosas y templos inesperados (una pena que la mezquita del sultán Abdurrahman esté al otro lado del río), por puentes sobre canales y por todo tipo de comercios. Nos encantaba Pontianak y llevábamos unas horas allí.

La comida

Pero claro, todavía teníamos que probar la comida, lo mejor, según decían, de la ciudad. A mayor población china, mayor variedad culinaria y, aunque no estábamos en Penang ni en Melaka, no nos defraudó para nada. El A Hin Chai Kue Panas Siam (que figura en la celebérrima y denostada Biblia mochilera como Chai Kue Siam A-Hin) no estaba tan lleno como esperábamos, pero nos dieron de comer como a algún tipo de dios del templo que no pudimos ver horas antes. Todo tipo de empanadillas y dos zumos de mango por 50000 IDR (2,99 €).


Vuelta a sagrado por las calles cercanas al mercado, alguna que otra provisión más para acabar con las rupias y noche en el Grand Kartika con el desayuno con salvoconducto antes mencionado, con vistas al río, con un señor con pinta de Popeye que nos animó a disfrutar de lo penúltimo que veríamos de Borneo. Y la fiesta o el concurso. Y el Uber. Y el aeropuerto. E irnos de Indonesia llorando y sabiendo muy bien que volveríamos lo antes posible.


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