Bromo

by - febrero 07, 2018

Habíamos oído todo tipo de lindezas sobre el Parque Nacional Bromo-Tengger-Semeru. De la mafia del transporte en Probolinggo a los circuitos de pesadilla en los que veías el amanecer entre setecientas cámaras de vídeo y mil doscientas cámaras de foto. De hostales a dos mil metros de altura en los que falta el agua caliente pero no los parásitos ansiosos por calentarse con tu sangre. De entradas de precio abusivo para extranjeros. Pues de todo ello, de todo, todito, todo, nos libramos, y fue inesperado y divertido y no tuvimos ningún percance.


Lo básico

Los siguientes datos sobre los precios en rupias indonesias (IDR) y el cambio a euros son solo una pequeña orientación. Fueron exactos, sí, una vez, pero solo en la fecha que indicamos. Hay que tener en cuenta que los precios en Indonesia suelen subir deprisa y que la inflación es alta. Todos son para dos personas (y el alojamiento, por noche en habitación doble con baño privado) a no ser que indiquemos lo contrario.

Fecha: del 11 al 13 de julio de 2017.
Los tours, sus pompas y sus obras.
Alojamiento: Cafe Lava Hostel - 450000 IDR (26,78 €).
Llegada (desde el aeropuerto de Surabaya): Uber - 458807 IDR (27,34 €).
Visitas: Parque Nacional (Mar de arena y cráter del Bromo) y miradores.
Comida: Cafe Lava - desayuno incluido, unas 100000 IDR (5,96 €) por comida.
Salida (hasta Probolinggo): Coche del Cafe Lava - 350000 IDR (20,83 €).

Lo mejor: El Parque Nacional de Bromo-Tengger-Semeru es precioso y merece todo lo que puede pasar por el camino.
Lo peor: Las excursiones, los grupos más que dudosos que se encargan de ellas y las multitudes de las que no vimos ni rastro.

Manifiesto

Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de hacer justo lo que quieres cuando viajas. El fantasma de hacerlo por tu cuenta.

Como iremos desgranando, hay cosas que, para nosotros, son anatema, y por eso hay sitios a los que no nos acercamos ni con armadura si no son supuestos imperdibles (e incluso eso suele ser un engaño: si no, piensa en cuántos sitios se parecen tanto a Halong Bay que hacen innecesario el maldito tour por la bahía, aunque esa sea otra historia que deba ser contada en otra ocasión). De todas esas cosas, la más importante es la excursión organizada. Odiamos los tours. Y lo sabemos porque, alguna vez, especialmente en ese sitio legendario llamado Vietnam repleto de trampas para turistas, hemos caído en la tentación. Y recorrer más de diez mil kilómetros para que nos lleven como borregos a una excursión escolar con la fauna que suele viajar de esa forma, para nosotros, es el noveno círculo del infierno. Si es tu caso y resulta que quieres ver al Bromo, esta entrada quizá te resulte útil.

Aparte de la alergia a los tours, nuestra forma de viajar tiene pocas normas. Nos parece muy bien que muchos no usen Uber para enfangarse en los maravillosos caminos de la ética en compañía de adorables criaturas que viven para que el visitante visite también la tienda-agencia-atracción de su primo hermano barata, barata (en la India es todo un arte esquivarlos y al final lo hemos llegado a echar de menos). Sin embargo, cuando el asunto pasa a otro nivel, y los preman (matones indonesios) que pululan por las estaciones de autobús no dudan en sobrepasar la intimidación cuando uno no quiere aceptar sus condiciones, podemos decirle educadamente a la ética que no está ni se la espera. Esta descripción de nuestras actividades es más que apropiada:



Subir en furgoneta a Cemoro Lawang implica pagar por el ascenso el triple de un precio medio razonable incluso para bolsillos extranjeros, llegar con un montón de turistas, a veces sufrir "una avería" a mitad de camino y terminar unos cuantos kilómetros carretera abajo, tener que pagar primero 10000 IDR (0,60 €) por entrar en el pueblo y luego, obligatoriamente, las 220000 IDR (13,1 €, y 100000 IDR más, es decir, 19,21 €, si es fin de semana o día de fiesta) de la entrada del Parque Nacional sin haber entrado siquiera, o no encontrar un alojamiento decente, o alojarse muy lejos (a veces con un señor desnivel) de la entrada, entre otras cosas. Aparte de la discusión con los esbirros del turismo volcánico que, dependiendo del temple del interesado, pueden acabar mal o muy mal.

Mal quiere decir contratar, por no mucho más de 1000000 IDR (59,54 €, entrada del Parque Nacional no incluida) con un poco de suerte, una excursión en todoterreno desde Probolinggo hasta Cemoro Lawang para ver el mencionado amanecer en el único mirador al que se puede acceder en coche, junto con una turba que suspira por la misma foto única que nadie consigue nunca jamás; y luego, paseo a ver al cráter sobre las nueve de la mañana y vuelta a Probolinggo sin que uno se dé cuenta de lo que ha pasado, quizá con un par de vídeos en los que trescientos turistas desnortados se pelean por la foto definitiva.

Muy mal podía ser, simplemente, cualquier cosa. Habíamos leído de todo en entradas de blogs tanto en inglés como en español; vimos vídeos que hablaban de agresiones de los preman de la estación de autobuses de Probolinggo, momentos de tensión en los que perder los nervios puede significar acabar en comisaría.

El plan

Entonces, urdimos un plan, que fuimos depurando durante toda la primavera. Veníamos de Bali en un vuelo de Citilink a Surabaya, de modo que, en lugar de coger el autobús hasta Probolinggo y luego la furgoneta hasta Cemoro Lawang, iríamos directamente en Uber, del aeropuerto al pueblo. Como decía Giulio Andreotti, a veces es necesario hacer el mal para alcanzar el bien. Una vez en Cemoro Lawang, nos hospedaríamos en el mejor sitio disponible cerca de la entrada del parque, el Cafe Lava Hostel, famoso por ofrecer desayuno y agua caliente. Pasaríamos allí dos noches. Tras la primera, veríamos el amanecer desde el monte Penanjakan para bajar al Parque Nacional y al cráter del Bromo después de desayunar. Y, después de la segunda, bajaríamos a Probolinggo, desde donde cogeríamos el tren a Surakarta (Solo), previsto para el día 14.

Conversaciones con el Cafe Lava Hostel

En realidad, nuestra idea original era hacer el vía crucis de rigor, pasar por Surabaya y Probolinggo, llegar a Cemoro Lawang en furgoneta y, una vez allí, preguntar por un sitio para dormir. Booking y demás diablos del hospedaje no nos dejaban muchas más opciones. Sin embargo, al final decidimos probar las mieles de un sitio un poco caro que nos prometía algo que no podía prometernos casi ningún otro en absoluto: agua caliente de calentador de butano. Eso, a temperaturas bajo cero, es una comodidad al menos un poco deseable.

Entonces, y como los ubicuos buscadores no parecían incluir el Xanadu del alojamiento en Cemoro Lawang, enviamos un email al amabilísimo (ay) equipo del Cafe Lava, que nos respondió que, para las fechas elegidas, del 11 al 13 de julio, no tenían habitaciones dobles estándar, y que sí que tenían habitaciones "superiores" por 600000 IDR (35,96 €), pero solo para la primera noche. Después de solicitar algo más barato (una habitación doble estándar por 450000 IDR, o 26,97 €) y conseguir reservarlo para la primera noche (la primera vez se les "olvidó" mencionar las habitaciones estándar con baño privado), preguntar por la ansiada agua caliente y pedir que, en caso de cancelación, nos reservaran lo que fuera para la segunda noche, por fin obtuvimos la confirmación de que, del 11 al 13 de julio, el Cafe Lava Hostel nos acogería en sus aposentos sin calefacción pero con agua caliente del avellano, todo por la cantidad desorbitada de 900000 IDR (53,94 €, dos noches, dos personas y baño privado). Una verdadera locura teniendo en cuenta que ese verano viajaríamos durante dos meses, de Bali a Bangkok, y cada rupia contaba.


Pero la puntilla vino cuando nos ofrecieron transporte desde el aeropuerto por la módica cantidad de 800000 IDR (47,94 €). En ese momento (estábamos en Kuta, Bali, intentando comprar calzado cerrado para la montaña), nos dimos cuenta de que el monte Bromo era un enorme juego de trileros con una caja registradora del tamaño del famoso cráter, y, claro, si ya éramos malvados antes, empezamos a supurarlo, a respirar el mal. Como dijo alguien una vez, aquí huele a azufre.

La llegada

Llegamos al aeropuerto de Surabaya con el plan grabado a fuego. Llamamos al Uber que, poco después, apareció por la terminal de salida y, tras un delicioso atasco y un par de retruécanos del conductor, que no dejaba de comprarse extraños aperitivos (teníamos un hambre canina), para evitar subir un desnivel de dos mil metros en los cincuenta kilómetros que quedaban entre Bayeman (el último pueblo antes de llegar a Probolinggo) y la parte alta de Cemoro Lawang, empezamos a subir a la montaña. ¿Un mapa? Claro que sí.


A pesar de las protestas, nos mantuvimos más que firmes y le pedimos educadamente que nos llevase a la puerta del Cafe Lava Hostel. El paisaje iba cambiando y ya notábamos el frío, la niebla. La montaña, en esa zona, tiene cierto encanto. Pasas de un calor sofocante a un fresco soportable que de noche se vuelve una locura por debajo de cero grados.

Hacerlo así solo tenía ventajas. Como llegamos solos, sin grupo de europeos o de norteamericanos, pillamos al Bromo con el pie cambiado y nadie nos pidió que pagáramos la entrada al pueblo (es extraño pagar por entrar nada menos que a un pueblo), y tampoco al Parque Nacional. Una vez en el Cafe Lava, pagamos la habitación con tarjeta de crédito (agradecimos el gesto aunque no bajáramos la guardia) y alquilamos los abrigos de rigor para la primera noche (25000 IDR, 1,50 € por prenda y por noche). Las prendas son un poco anchas y están un poco gastadas, de modo que, si eso te preocupa, tienes espacio y vas a frecuentar esas temperaturas, quizá sea mejor llevar el abrigo de casa.

Comida y primer contacto

La habitación no estaba mal, con la preciada bombona de butano, con un pequeño porche y, por supuesto, sin calefacción. Empezaba a hacer frío y decidimos comer y ver el paisaje. Tras una comida un poco insípida a base de sopa, satay y zumos naturales (103000 IDR, es decir, unos 6,18 €) en el restaurante del Cafe Lava, nos dispusimos a planear la fechoría para el día siguiente.

Sopa, satay y zumos en el Cafe Lava.

Habíamos leído que había un atajo que te permite bajar al Mar de arena (el desierto de ceniza que rodea el cráter del volcán), ya en el Parque Nacional, sin pasar por caja. Y, en aras del juego de trileros que pensábamos ganar, nos dispusimos a buscarlo. Sin embargo, el único camino que veíamos, es decir, saliendo del Cafe Lava hacia la izquierda (hacia la derecha bajábamos y no nos cuadraba tanto), nos llevó a la puerta del parque, donde unos simpáticos guardias nos pidieron que pagásemos la entrada. Les dijimos que ya era tarde y que visitaríamos el cráter y el Parque Nacional al día siguiente (casi les estábamos diciendo que nos íbamos a colar), y encima les pedimos un pequeño favor. Queríamos asomarnos, al menos, y ver el Bromo por primera vez desde el mirador que ya se respiraba. Y, como en la canción, nos dijo que no debería hacerlo, pero en fin, venga va.

Y entonces vimos el Bromo y, con lo que había costado planearlo, las dudas y el miedo, la mafia del transporte que no fue, el agua caliente, las habitaciones carísimas y la subida en coche por la mitad de lo que nos pedían los reyes de la montaña, simplemente nos dio un ataque de risa. 

Es un paisaje tan hermoso, con el monte Bromo echando humo, el desierto de ceniza alrededor, el viento y las nubes, los barrancos que forman una especie de caldera, el precipicio a nuestros pies. Casi que no tenemos palabras, pero esta entrada sigue, claro que sigue.


Caía la tarde y teníamos que volver (hasta saludamos al guarda y eso ya parecía una especie de aventura de LucasArts), un poco perdidos porque no veíamos la manera de encontrar el atajo prohibido al día siguiente. Sin embargo, una vez en la habitación, leyendo y mirando bien los mapas rudimentarios que habían hecho otros furtivos del Bromo, nos dimos cuenta de que, para llegar al atajo, había que ir en dirección contraria. Desde el Cafe Lava, bajas por la carretera, saliendo a la derecha, y luego tuerces a la izquierda, hacia los miradores. Cuando, ya subiendo, llegues al primer balcón, junto al Cemara Indah Hostel, verás el camino de caballos, marcado como prohibidísimo y –eso no lo sabíamos– guardado a veces por un par de señores de la justicia del parque.

Pensábamos ver el amanecer y pusimos el despertador antes de las tres de la madrugada. Pero, después de la emoción de ver el volcán por primera vez (no queremos ni pensar lo que habría sido subir desde Probolinggo en un todoterreno de madrugada en compañía de varios desconocidos), fue difícil, y mucho, conciliar el sueño. También hacía frío en la habitación. Tanto que incluso nosotros, que preferimos no usar nórdico, echamos de menos las plumas. Apagamos el despertador y decidimos que el Bromo al amanecer se convertiría en el Bromo al atardecer.

Parque Nacional Bromo-Tengger-Semeru

Y nos despertamos. El tiempo había cambiado y las nubes negras del día anterior eran historia. Hacía un día espectacular, de esos días bonitos en los que te apetece desayunar con la gente que ha vuelto de ver el amanecer y luego colarte en un Parque Nacional de un país en el que no se toman esas cosas a broma. Y eso hicimos. Aprovechamos el desayuno gratis del hotel y cargamos con el agua que nos habían dejado en la habitación, con los teléfonos móviles, la cámara, gafas de sol, incluso gorra. Y con los abrigos que, en ese momento, sobraban. Luego bajamos la cuesta, saliendo del Cafe Lava a la derecha, torcimos a la izquierda y nos encontramos, de frente, el mirador y el atajo, bien marcado como la fruta prohibida. Alguien nos preguntó, incluso, si íbamos a bajar. Le dijimos que sí y bajamos por el atajo.

El monte Bromo, casi desde los pies del atajo.

Las vistas desde los recodos del camino, en el que nos cruzamos con pobres caballos que ya subían de vuelta de haber cargado con turistas, o bajaban para dedicarse a eso mismo, eran impresionantes. Cada vez que veíamos el volcán, la arena levantada por el viento, el humo, el templo hindú a lo lejos, teníamos que parar el descenso. 

El monte Bromo desde el final del atajo.

Y lo mejor es que, a esa hora, a media mañana (más bien casi a mediodía), solo nos cruzamos con dos caballos mientras bajábamos. El camino, a pesar del barro y de la emoción de haber entrado a hurtadillas, era de lo más agradecido.

El Mar de arena, desierto de ceniza que rodea el cráter activo del monte Bromo.

Una vez en tierra, seguimos las pisadas de los caballos entre la exigua vegetación antes de adentrarnos en el Mar de arena. Desde el atajo, el camino es mucho más largo que desde la puerta del parque.

Arena y ceniza levantadas por el viento.

Pero acercarse al cráter desde lejos, ir viendo la silueta del monte Batok entre la arena arrastrada por el viento, encontrarse con pequeños cañones y tener que bordearlos para llegar al pie del cráter del Bromo, ver de pronto el templo hindú... Todo el camino que hicimos por el Mar de arena fue tiempo ganado.

Pequeños cañones que hay que sortear para llegar al cráter del volcán Bromo.

Cerca del cráter hay un pequeño campamento en el que los moradores de las arenas (solo operadores turísticos con pocos escrúpulos: no es necesario el sable láser) ofrecen a turistas con menos aún subir el resto del camino (en realidad, solo hasta la escalera) sobre el lomo de unos caballos escuálidos que suben y bajan la cuesta. Al respecto, bueno, es uno de nuestros pocos tabúes. Hacer daño a un animal por ahorrarse un trecho, o porque es una experiencia única y si no lo hace uno lo hará otro, es una salvajada de primer orden. El cartel de los taxistas, los vendedores de batik, los conductores de tuk-tuk o los moradores de las arenas nos la han jugado alguna que otra vez, pero un pobre caballo –o un elefante, o un orangután, o un cocodrilo– no tiene la culpa de que uno se pase el día comiendo frente al televisor y luego quiera hacer veinticinco kilómetros en un día con mil metros de desnivel, necesite un todoterreno y, donde el coche no llega, tenga que disponer de un pobre animal de carga (menos mal que los caballos no suben la escalera). Pero bueno, cosas veredes.

Estos caballos transportan a los turistas que no desean hacer el último trecho, no accesible para un todoterreno, hasta el cráter del Bromo andando.

Y, ya que hablamos rocines flacos y desniveles, después del campamento de la gente de las arenas hay una bajada pronunciada hasta un pequeño arroyo y una subida un poco accidentada –suponemos que de ahí los desdichados caballos– hasta el último trecho: una escalera hasta el borde del cráter del Bromo. Todo, con descansos y con algo de agua, factible. El día acompañaba y subimos las escaleras con un poco de viento. Las ofrendas –el monte es lugar de culto de los Tengger, un pueblo hindú que fue desplazado de las llanuras de Java por la población musulmana y acabó viviendo junto al volcán y en algún caso del volcán– se pudrían junto al pie de la escalera estrecha. El olor a azufre ya era, de todos modos, intenso.

Ya arriba, la vista, la profundidad del cráter –bastante sucio, no sabemos si de ofrendas o de basura–, el olor y el sonido nos sobrepasaron, y mucho. Las fotos –y algún vídeo– que hicimos no le hacen, para nada, justicia.


Pasaba el mediodía cuando enfilamos la vuelta. El plan de última hora era comer algo en el Café Lava Hostel y, quizá, subir a contemplar el paisaje al caer la tarde. Recorrimos, de nuevo, el desierto de ceniza hasta nuestro atajo. 

La vegetación sobre el desierto de ceniza que rodea el Bromo es exigua. Al fondo, el monte Batok.

Sin embargo, cuando llegamos a la esquina del Parque Nacional, sentimos que algo fallaba. Ya casi no nos quedaba agua y no reconocíamos la vegetación. De todos modos seguíamos viendo pisadas de caballos y sabíamos que, si subía un caballo, podíamos subir nosotros. 


La subida, como prometía, se nos hizo mucho, muchísimo más larga que la bajada y, para colmo, tenía bifurcaciones. Además, las vistas no eran las mismas que recordábamos, y la inclinación era mayor. Incluso nos llegamos a perder. En el fondo eso sirvió para que, a fuerza de cansarnos y de preocuparnos por si llegaríamos al pueblo, no imagináramos a los guardas que, muy probablemente, estarían esperando al incauto que subiera por el atajo prohibido. Bebimos el último trago de agua antes de saber que íbamos por buen camino.

Finalmente, llegamos arriba, arriba del todo, y, de pronto, nos encontramos en un campo de coles. No recordábamos ese campo. Había pequeños caminos y acequias de riego, y parecía que estábamos muy lejos del pueblo. Por fin nos dimos cuenta. Estábamos a dos kilómetros de Cemoro Lawang, en una zona de cultivo, y de camino a los puntos de observación. Teníamos dos opciones: volver al Cafe Lava Hostel, comer algo y, si acaso, dirigirnos a los miradores más tarde (cuatro kilómetros más), ya casi de noche –o confiarlos a otro madrugón improbable–, o bien subir, ver el atardecer y bajar a cenar y a dormir en el hostal.

Coles y patatas rodean el camino de los miradores desde los que admiramos las vistas del Parque Nacional.

Los miradores

Estábamos cansados y sin agua (las dos botellas pequeñas que nos dieron en el Cafe Lava ya habían cundido bastante), pero esa opción, la de no parar y cenar después de admirar el paisaje, nos pareció la más factible. Así, empezamos la subida, sin saber si habría puestos en los que vendieran agua y algún tentempié, pero satisfechos porque ya habíamos salido de la zona de peligro, la que requería entrada.

Pronto encontramos el primer mirador, junto al que había una pequeña tienda de chucherías y bebidas, que además tenía una papelera y un servicio, que falta nos hacía. Tiramos las botellas de agua y compramos otra y algún paquete de cacahuetes, y continuamos la subida, haciendo fotos y disfrutando del paisaje, que, la verdad, no era gran cosa. A esa hora no subía nadie porque las montañas están cubiertas de niebla y no veíamos ni el Bromo, ni siquiera el Batok, ni mucho menos el Semeru. 

Parque Nacional Bromo-Tengger-Semeru. Seruni Point II.

Eso nos desanimó un poco. Sin embargo, seguimos subiendo por la carretera, encontrándonos con algún grupo de niños indonesios, con tipos que se fijaban un poco más de la cuenta digamos que en el choque cultural, pero con todos nos reímos y todos nos pidieron fotos, nada nuevo bajo el sol de ese divertido archipiélago. También había zonas en obras. Sí que nos fijamos, y mucho, en los campos de cultivo, que, a veces, en vez de formar terrazas, estaban inclinados en planos imposibles sobre la pendiente de la montaña.


Llegamos a una zona en la que el camino se estrechaba (no hay que preocuparse: el último balcón accesible a pie no tiene pérdida) y había incluso escalones. Al final, una plataforma, el punto de observación conocido como Seruni Point II (así está marcado en el mapa de Google). En él nos encontramos a un grupo de jóvenes indonesios que iban a pasar la noche en una tienda de campaña, suponíamos que para ver el amanecer desde el balcón. Nos sentamos aparte y seguíamos sin ver gran cosa.

Parque Nacional Bromo-Tengger-Semeru. Seruni Point II.

Pero el viento se levantó y las nubes empezaron a moverse. A ratos, veíamos el cráter del Bromo, el Gunung Batok, el Mar de arena. Poco a poco se fue despejando. Habíamos sudado y empezaba a hacer frío, así que, por fin, nos pusimos los abrigos del Café Lava. Y entonces lo vimos.

Parque Nacional Bromo-Tengger-Semeru. Seruni Point II.

Estuvimos una hora mirando las nubes pasar, el panorama del Parque Nacional que, al cabo del día, se llevaría una caminata de veinticinco kilómetros y un kilómetro de desnivel arriba y abajo. Hicimos fotos, grabamos algún vídeo (los chicos indonesios se reían, y nosotros con ellos). Al final, viendo que el sol terminaba de caer a nuestras espaldas e íbamos a tener que bajar de noche, emprendimos la vuelta, fuimos desandando lo andado y, al llegar a los campos de coles, lo no andado.

Finalmente, lo mejor llegó al pasar frente el atajo prohibido. Ya con las últimas horas de luz de aquel día de estación seca, vimos, apostados en la entrada del atajo, a dos guardas del parque que esperaban pacientemente la llegada de los dos bule (extranjeros) que seguro que sabían que se habían colado (Cemoro Lawang no es Mumbai). Pero claro, no estábamos saliendo del parque ni pasando sin entrada por ningún camino vedado. Mientras bajábamos tranquilamente, quizá con cara de culpables pero con una alegría que no podíamos disimular, nos dio otro ataque de risa.

Parque Nacional Bromo-Tengger-Semeru. Seruni Point II.

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